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BIONICLE: El Diario del Malvivir

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EL DIARIO DEL MALVIVIR.jpg

Veía una lápida, vestido con mantos negros, en medio de un campo de guerra mientras escuchaba a sus compañeros de guerra gritando, con miedo en sus corazones.“¡AYUDA!, ¡POR FAVOR!, ¡POR FAVOR!”, decían sus amigos mientras eran masacrados por un ejército de máquinas, comandadas por encapuchados.

Él solo veía la tumba, pero estaba consciente de lo que pasada a su alrededor. No podía moverse ni hablar, sentía que el horror de los gritos de sus amigos lo asfixiaban.

Llegó un momento en el que los gritos se incrementaron, mientras poco a poco algo se gravaba en la lápida: “Gedei, hijo de Yerdon…”. Con el paso de los segundos los gritos se plagaron de llantos de mujeres y niños desesperados, trató de cerrar los ojos mientras lloraba del pánico al mismo tiempo que se retorcía mientras los llantos lo dejaban sordo.

“…Nacido 265 099  años antes del Destrozamiento…”.Los gritos y llantos se hacían más fuertes aún, retumbando en el tímpano del Glatorian. “…Muere…”. Los llantos se tornaron alaridos de dolor que parecían los de una bestia agonizante, insoportable. Logró tapar sus oídos con dificultad. “…200 años…antes…”.  YA BASTA, gritaba entre lágrimas. “…Del Destrozamiento…”. BASTA.

Todo se tornó en silencio, que tal vez fue peor que los gritos.

“…Tu nos dejaste morir…”, susurró una voz ronca y seca en su oído.

Despertó,levantándose fuertemente de su cama. Su pecho lleno de cicatrices de batallas pasadas no paraba de hiperventilar y sentía, por primera vez, que su corazón latía. Fue una pesadilla, de nuevo.

Luego de meditar en cama, se destapó y se dirigió al baño. Todo hecho de piedra tallada destruida con el tiempo  y solo con un espejo roto en medio y sobre un pequeño caño.

Se vio en él. Se asustó, como siempre y ¿cómo no hacerlo?, su piel quemada deformaba un lado de su rostro, cristalizando su ojo amarillo. El lado de su boca estaba carcomido y se podía ver gran parte de sus encías y dientes. No se había bañado en un mes y su cabello largo hasta poco antes del cuello ya estaba enmarañado y lleno de polvo.

Su brazo izquierdo no era piel y hueso, era metal negro y oxidado. Una prótesis mecánica fabricada por quién sabe quién. Su mano derecha no se salvó de este brote de metal, tampoco su pierna izquierda y toda su pantorrilla derecha, gran parte de su cuello y sus costillas.

Logró lavarse la cara sin volver a verse en el vidrio e irse a su cama otra vez. Pero algo le interrumpió, el sonido de las ruedas de una caravana impulsada por un Acechador de las Arenas montado por un miembro de la Mafia del Yermo. Parecía traer información. Lo vio desde una ventana improvisada que ve hacia las Montañas Picudas Negras.

Se puso sus pantalones negros que decoró con armaduras verdes oscuras llenas de polvo y arena. Tomó su espada y fue a recibirlo.

Abrió la puerta de la choza al mismo tiempo que el jinete paraba a la criatura. Se bajó precipitadamente. Era un Glatorian de la Tribu Hielo, vestido con armadura del color de cuarzo blanco y un chaleco de piel de lobo.

“¿Qué es lo que quieres, Iapatad?”, dijo Gedei, en un tono poco agradable. “Son casi las seis de la mañana.”

“No es lo que yo quiero, Gedei”, dijo Iapatad mientras caminaba hacia el Glatorian. “Es lo que Heremir desea.”

Iapatad buscó en su bolsillo un pergamino, el cual dio a Gedei. El Glatorian lo abrió leyó. Apenas vio la primera palabra frunció el ceño, serio.

“Llévame a Ahastrad.”, ordenó.

CAPITULO 1

Ahastrad, la cede de la Mafia de Bara Magna, cercano a la base de las Hermanas de los Skrall, para asegurarse de que nadie cuerdo se acerque a ellos. Gedei era un agente de ellos, pero no era miembro formal, él no quería ser parte de nada nunca jamás, era más bien un contribuyente.

Más temprano que tarde, Gedei se encontró en una caravana en el lejano norte de Bara Magna,  rodeado de columnas de casi diez metros hechas completamente de roca y llena de tiendas con Glatorian y Agori en ellas, vestidos con mantos elegantes y armaduras que se notaba, eran de contrabando, Gedei era un vagabundo a comparación de estos, y claro que lo era. Se lograban ver hasta soldados Skrall cuidando de las bestias desde una ventana del móvil.

“¿Por qué Heremir quiere que justamente yo haga este trabajo?”, preguntó de mala gana Gedei.

“Sabes que no debemos hacer preguntas, solo obedecer”, dijo Iapatad mirando por la ventana. “Son las reglas.”

Gedei calló, aunque hubiese querido romperle los dientes al Glatorian, pero sabía que lo mataría. Además, estaba rodeado de miembros de la mafia, matar solo a uno de ellos significa meterte con todos,  y en estos tiempos no es bueno tener enemigos.

Tardaron poco hasta parar frente una tienda de campaña más grande que las demás. Esta, protegida por dos Glatorian, ambos de la tribu hierro, cada uno con una lanza y con caras llenas de cicatrices.

Gedei entró primero a la tienda, empujando a los dos guardias. Al entrar vio a un Agori de la Tribu Jungla, sentado en un gran trono, con su casco a sus pies y varios tesoros, pieles y lanzas de decoración.

Con armaduras y vestuario elegante y brillante, sin cabello en un lado de la cabeza y con mucho de él en el centro, peinado a un lado, de ojos azules brillantes y pedantes, observaban a Gedei con asco disfrazado en alegría.

“¡Gedei, amigo mío!”,  dijo el Agori, con los brazos abiertos, caminando hacia el Glatorian. “Veo que Iapatata te envió el mensaje.”

“Es Iapatad, señor”, interrumpió.

“Sí, como sea”, habló el Agori, viendo de reojo a Iapatad.

“Dime qué quieres que haga, Heremir.”, dijo fríamente Gedei.

“¿Yo? No, yo no quiero que hagas nada, amigo”, habló Heremir tomando del brazo a Gedei con cierto titubeo. “En realidad, tú quieres hacer algo por mí, ¿no es así?”

Gedei se quedó viendo al Agori por unos segundos, luego cerró los ojos y alejó el brazo de Heremir del suyo.

“Supongo”, dijo desanimado.

“Bien, ven, sígueme.”, habló Heremir. “Eh, Iapatata, puedes irte.”

“Es Iapatad, idiota.”,  habló en voz baja y molesto el Glatorian mientras se alejaba de la tienda.

Heremir lo escuchó, pero se encargaría después. La misión preparada era más importante ahora.

“El pasado afecta nuestro futuro de maneras que no esperamos, Gedei, ¿lo sabías?”,dijo Heremir.

“¿Crees que me importa?”, dijo Gedei, molesto.

“¡Oye!, cuida tus palabras. Al fin y al cabo, tú tienes más pasado que nadie en este lugar.”

Gedei tornó su mirada molesta en un gesto de desagrado, plagado en culpa.

“Tú eras uno de los mejores sargentos de la Guerra, fuiste capaz de vencer a un batallón entero con tus hombres, aquel hombre que hubiese dado su vida por sus compañeros, a los que consideraba hermanos”, narró el Agori.

La mirada del Glatorian se volvió de nuevo en seriedad y ahora fastidio. No le gustaba que hablaran de su vida en la Guerra.

Con fuerza golpeó una mesa de madera al lado suyo, partiéndola en dos.

“¿¡Mi vida?!”, gritó. “¿Crees de verdad que yo hice algo por ellos?, ¡Los dejé morir y no hice nada!”

Gedei se acercaba lentamente, molesto hacia Heremir. El Agori se veía tranquilo mientras retrocedía, a pesar de la fama de asesino de Gedei.

“¡Todos piensan que los quería, que eran mi familia, pero soy el único que  sigue vivo de ellos!”, volvió a gritar.“¡Dime qué significa eso!, ¡Yo no los amaba, y lo que más odio de todo eso, es que ni siquiera sé por qué!”

“Gedei…”, dijo Heremir.

“¿¡Qué quieres?!”, gritó por última vez.

“…Cálmate”, dijo Heremir apuntando con un dedo la entrada.

Cuando Gedei volteó a ver, y notó a los dos guardias, con sus lanzas apuntando al Glatorian. De lejos se veían otras personas observando el espectáculo que Gedei montó.

Luego de volver a erguirse Gedei se dirigió a la entrada de la carpa, molesto.

“Me largo, no hay trato.”

Ya estaba a punto de salir, cuando Heremir habló.

“Gedei”, dijo. “Dijiste que no recuerdas el lapso de la muerte de tu batallón…”

Gedei se paró.

Heremir sacó una suerte de collar con una esfera rodeada de dos líneas curvas, el símbolo de los Grandes Seres.

“¿Quieres recordar?”

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